Simple y categórica fue respuesta sobre un fantasma que reposó en las últimas horas sobre uno de los míticos emblemas de la ciudad de Buenos Aires: el Estadio Luna Park. «No se vende».
Un grupo empresario europeo, del cual no trascendió el nombre, dejó al descubierto la versión sobre un real y concreto interés de compra del estadio. Incluso le pusieron un número a la transacción: 45 millones de dólares. Esta versión generó una ola de tensión en la Iglesia y en el seno del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.
Desde el 2013, el Luna, quedó en manos de la Iglesia Católica, producto de una decisión de quien fuese en vida dueña mayoritaria de la sociedad propietaria del estadio. Ernestina de Lectoure falleció a los 95 años en febrero de 2013 pero antes de partir dejó constancia escrita y legal de su deseo: ceder en partes iguales a Cáritas y a la Iglesia la operación comercial del estadio, que quedó bajo administración del Arzobispado de la Ciudad de Buenos Aires.
El propio Papa Francisco, al enterarse de las versiones, le ordenó a la conducción porteña «la prohibición de cualquier tipo de negociación». El no rotundo del Santo Padre tiene dos motivos. Uno social: cómo explica la Iglesia recibir millones de dólares de la especulación inmobiliaria y otro más delicado que es la relación que Francisco tenía con Ernestina de Lectoure.
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