En primera persona: Agustina Comedi

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Inicia un ciclo de conversaciones en profundidad con referentes del audiovisual cordobés.
La multipremiada Agustina Comedi, directora de cine y guionista, repasa sus obras, realizadas con apoyo del Polo Audiovisual Córdoba y que recorren el mundo, y se refiere a su mirada en el plano de la diversidad, su trabajo con la memoria y el material de archivo.
Agustina Comedi, directora de cine y guionista
Agustina tiene 34 años, es licenciada en Letras Modernas por la Universidad Nacional de Córdoba, directora de cine y guionista. Dirigió dos documentales multipremiados en el mundo: el largometraje El silencio es un cuerpo que cae (2017) y el cortometraje Playback. Ensayo de una despedida (2019).
Reside en Buenos Aires, desde donde trabaja sin parar: dicta tutorías para el Centro Cultural Kirchner, colabora de forma audiovisual para Vivi Tellas en el Teatro San Martín en una obra que trabaja el biodrama trágico. Y, además, está filmando un show y unos videos con Charo López. “Eso me divierte, me entusiasma y me hace bien, después de haber estado parada tanto tiempo. Mi próxima película va a esperar un poquito, todavía no estoy pudiendo filmar”.
El primer guion que escribió fue para el  canal infantil Paka Paka, en el año 2015. En 2017, finalizó su ópera prima El silencio es un cuerpo que cae, producida por El Calefón. El largometraje recibió más de 50 premios y nominaciones alrededor del mundo. Estrenó en el festival de documentales más importante del globo: el Festival Internacional de Cine Documental de Ámsterdam (IDFA). En Argentina, estrenó en 2018 en la selección oficial del Bafici. Agustina trabajó con material de archivo encontrado y reconstruyó la vida de su padre, al mismo tiempo que abordó una parte de la historia crucial para Córdoba: la vida familiar en un contexto social posdictadura. El documental, entre otros numerosos reconocimientos, ganó dos premios Cóndor de Plata –mejor película documental y mejor ópera prima–y dos Fénix, que promueven las nuevas voces del cine iberoamericano –premio Netflix Opera Prima y mejor largometraje documental–.
Silencio… y después
Desde el Polo Audiovisual Córdoba, que apoyó la realización de sus trabajos, le pedimos que destaque una imagen de El Silencio…: “Qué difícil. Quizás, la risa del alivio de mi tía. Esa risa que tiene que ver con decir la verdad”.
En 2019 estrenó Playback. Ensayo de una despedida, producida por Magalí Mérida. Aquí volvió a trabajar con material de archivo para mostrar al Grupo Kalas, del under cordobés de la década de 1980, y el impacto del Sida. La voz en off que narra Playback es de “La Delpi”, única sobreviviente del grupo de travestis y transformistas.
En cuanto a los desafíos que supuso el montaje, menciona: “La voz en off costó un montón, requirió de mucho trabajo. Yo estaba lejos, y Magui (Mérida) tenía que resolverlo junto a la directora de actores. Ellas grababan a “La Delpi” y yo montaba en Buenos Aires, porque no podía viajar. Eso fue bastante estresante. Para mí, el momento más estresante siempre es el montaje, donde siento que todo se resuelve”.
En cuanto a lo que guía Playback, profundiza: “Se traduce en un sentimiento que es la comunidad, lo comunitario, lo colectivo. Y esta especie de resistencia activa, que no es la resistencia rígida que nos estanca en un lugar, sino ese gesto activo, potente, creativo que encarnan Las Kalas”.
El cortometraje obtuvo un Teddy Award al mejor corto de temática LGBTQ del Festival de Berlín, una mención del jurado en Kreivés, festival de Lituania, y fue seleccionado en el Frimelinefest, uno de los encuentros LGTBTIQ más antiguos del mundo, entre otros.
Memoria e inmemoria
Su trabajo con la memoria está presente en cada producción. ¿Cómo se reconstruye la memoria en el plano de lo audiovisual y qué elementos entran en juego? Agustina resalta: “A mí, siempre me gusta un concepto que usa Chris Marker, que es el de la inmemoria. Es sobre la memoria que me interesa trabajar, que es subrepticia, solapada y por tanto no tan nítida. No es esta cosa de la construcción institucionalizada de la memoria, que también es necesaria, importante y válida, pero no trabajo con ella”.
La directora cordobesa amplía acerca de su enfoque: “Trabajo con las memorias que hay que desenterrar y que se encuentran a pedazos, y que son complejas. Desde lo audiovisual, hay algo también de la poética que aborda eso. Es repetitiva, es inconexa, es poco nítida. Marker dice algo muy lindo: trabajar sobre esa memoria es desenterrar gérmenes de futuros soterrados, como de otros futuros posibles que no fueron. Eso me parece lo más valiente y lindo que puede hacer el cine. Lo más potente, en términos espinoseanos de la potencia”.
En cuanto a su trabajo con el archivo, indica: “Me interesa trabajar con imágenes que ya existen para resignificarlas, y eso es algo que creo que voy a hacer siempre. Me interesa la experimentación, trabajar con la materialidad, con el archivo oral, con la palabra, y trabajarla como una materialidad. Para mí, la palabra también se puede intervenir y volver materia. Eso es algo que viene de la práctica de la lectura y de la escritura más literaria”.
Su relación con la imagen siempre fue así: “Con una mirada menos respetuosa. En mi escuela no fueron los grandes artistas de la buena o de la bella imagen en esos términos. Hay algo de la imagen pobre, que ya existe, que está ahí para ser resignificada. Todo el trabajo con archivo genera una mirada sobre la imagen que es mucho más irrespetuosa, lo que no quiere decir que esté permanentemente intervenida. Sí, hay más un diálogo que una contemplación”.
Esta idea se vincula con el cine que consume: “Marker, toda la escuela del cine ensayo. Y también directores latinoamericanos como Coutinho, que si bien no intervienen la imagen de esa manera sí tienen que ver con aproximaciones a la imagen con las condiciones de posibilidad y cómo de ella emana una verdad. Ahora es más democrático todo, pero las relaciones con las imágenes están determinadas por las realidades de cada quién, son vínculos, como todo, entonces sí, hay un vínculo más pobre”.
Géneros y desafíos
Sobre los desafíos que representa ser una directora mujer en la actualidad, dice: “Siempre hay una lucha para ocupar espacios de poder o de hacer, que históricamente estuvieron ocupados por los hombres. Eso es real, pero también hay una mirada sobre las directoras que lograron visibilizar su trabajo y en ese sentido, es favorable. Hoy hay una apertura, si lo comparamos con lo que le tocó vivir a María Luisa Bemberg”.
Explica que, para ella, el desafío más real tiene que ver con seguir problematizando eso: “Quedarse en la militancia me resulta insuficiente: ¿Qué mujeres quedamos adentro? ¿Qué mujeres quedamos afuera? Mi trabajo hoy, que mi obra empieza a visibilizarse, es preguntarme: ¿Por qué yo sí entro en algún circuito del cine y otras personas no? Mi trabajo tiene que ver con eso”.
Agustina recuerda su formación actoral y el complemento de este aprendizaje con el resto de su carrera: “Me formé con Paco Giménez y con Willy Ianni en teatro y creo que ese entrenamiento actoral de alguna manera contribuyó a formarme como guionista. A tener una mirada no sólo sobre narrar en general, sino qué hay en medio, entre una acción y otra, cómo se llega”.
Su gusto por la escritura comenzó en la niñez. Le apasionaba contar historias y había algo del oficio que le gustaba mucho. Le atrae el deadline: “Aunque reniegue de eso y como todo trabajo es alienante, con momentos agradables y desagradables, hay algo de la fecha de entrega que me atrae. Me gusta combinar mis proyectos personales con trabajos por encargo, que son mucho más de oficio”, indica.
Cine y geografía
Sobre el cine cordobés, remarca: “Tengo muchos amigos y amigas que hacen cine en Córdoba. La idea del cine cordobés es un recorte en el que conviven películas muy distintas. Es muy diferente Suquía, de Ezequiel Salinas, que Julia y el Zorro, de Inés María Barrionuevo. Son muy distintas a las películas de Nadir Medina. Hay heterogeneidad”.
Para Agustina, la geografía no da cuenta de cierto tipo de película, pero sí de cierta lógica de los procesos: “El cine cordobés tiene algo de eso, de que todavía es más chico, sigue siendo más reciente. Entonces hay algo de cómo se arman los equipos, cómo se comparte, cómo se produce, que no determina el tipo de película pero sí es muy particular en la manera de hacer. Hay una particularidad de hacer cine en términos un poco más colectivos, menos industriales o que intentan imitar menos a la industria. Acá en Buenos Aires se hace cine que no es cine industrial y sin embargo se intenta imitar los términos de la industria. Córdoba está más al margen”.
Sobre su infancia en Córdoba, rememora imágenes que permanecen en el tiempo: “En Ciudad Universitaria transité mucho toda la vida, porque tocaba violín en el Método Suzuki que funcionaba en el Pabellón Brujas. La aridez, esa tierra blanca y fina volando. Y algo que no es una imagen, sino más bien un modo: tiene que ver con la picardía, el humor, la ocurrencia. Esta cosa rápida de la cultura popular que a mí me gusta tanto. Algo de todo eso está muy presente en mí”.

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