«Siempre que hay una crisis, se sostiene al escalafón de abajo para evitar las emergencias sociales y sanitarias, aunque no sea más que con un bono que no emparcha el agujero económico pero que funciona a modo de consuelo. Pero los que más sufren en el sentido estricto de la palabra, son los menos pobres de los pobres, los que tuvieron alguito de educación y, sobre todo, mucho empuje laboral, pero los espirales de la infernal economía argentina se los han llevado puestos”.
Mayra Arena es una joven con una gran capacidad para escribir sobre cuestiones sociales y en particular para analizarlas desde su propia experiencia de vida. Acá compartimos este texto que ella denominó ¿Quién la pasa peor? donde propone una interesante mirada acerca de las diferencias sociales de los argentinos y quienes están mejor preparados para afrontar una crisis como la actual:
«Habrán notado que me apasiona hablar de pobreza y que una de las diferencias que siempre marco es entre marginalidad o pobreza estructural y pobreza esporádica. Y se «sabe» que el que peor está, es el estructuralmente más pobre, pero no es éste el que peor la pasa.
Se viene un tiempo de crisis y la clase media tira menos, los restoranes y panaderías regalan menos comida, hay menos changas y mucha más gente le dice hasta luego a la señora de la limpieza. Ahí la clase más baja está en problemas. Pero ¿por qué sostengo que los empobrecidos la pasan peor?
Siempre que hay una crisis, se sostiene al escalafón de abajo para evitar las emergencias sociales y sanitarias, aunque no sea más que con un bono que no emparcha el agujero económico pero que funciona a modo de consuelo. Pero los que más sufren en el sentido estricto de la palabra, son los menos pobres de los pobres, los que tuvieron alguito de educación y, sobre todo, mucho empuje laboral, pero los espirales de la infernal economía argentina se los han llevado puestos.
Anímicamente hablando, el pobre aprendió a vivir esa vida desde siempre, igual que sus padres y los padres de sus padres. Conoce todos los rebusques habidos y por haber, sabe dónde encontrar ayuda si la necesita y hasta sabe cocinar con lo que otros tiran. Pero el empobrecido no conoce nada de eso y cuando cae debajo de la línea del horror, no tiene herramientas para rebuscar la vida allá abajo. Entonces vive a fideos y arroz, porque son las únicas comidas que sabe hacer con la economía que administra, y no sólo no sabe dónde buscar ayuda, sino que además siente que no puede pedirla. El hecho de vivir en una casa de material, tener un par de televisores y muebles lindos, le hacen creer al empobrecido que no es pobre, que no tiene por qué pedir y que la única salida es el trabajo. Aun cuando, obviamente, está empobrecido porque no encuentra lugar fijo en el mercado laboral.
Dada la recesión que existe y más aún, por la que se viene, muchas personas caerán bajo la línea de la pobreza por motivos que parecen diferentes pero que parten de la brutal devaluación sufrida en nombre del tipo de cambio flotante.
Los empobrecidos nunca serían un riego social en una economía estable, pero dadas las condiciones que se vienen viviendo, los de más alto riesgo son los jubilados del primer escalafón, los mayores de 45 años que quedan sin laburo y las amas de casa que quedan con hijos y que el padre de familia se va. El jubilado de la mínima no tiene otro ingreso que su jubilación, y el hombre o mujer mayores de 45 que quedan sin trabajo, difícilmente puedan reinsertarse formalmente en el mercado laboral, terminarán en la changa o en el cuentapropismo. Por otro lado, el ama de casa con hijos no tiene experiencia laboral, no trabajaba por dedicarse a la crianza de los hijos y una vez desaparecido el esposo, tiene que inventarse una nueva vida que no será nada fácil ni mucho menos sencilla y que sin dudas, afectará el desarrollo de esos hijos que cambiarán drásticamente su nivel de vida.
Devaluaciones y recesiones fuertes como las que estamos viviendo, dejan a mucha gente empobrecida, que no sabe sobrevivir en ese estrato y que lo hace a tientas. Los empobrecidos se deprimen e incluso su salud física se ve afectada por las adversidades que les genera vivir en esa nueva esfera económica. Y las políticas sociales, al ser, por lo general planificadas para los sectores más vulnerables, no le sirven de nada al empobrecido que tiene uno o dos hijos y no puede cobrar pensión alguna, y la única vida que conoce es la del trabajo. Los empobrecidos, entonces, la pasan doblemente mal: por un lado, han perdido su única forma de ganarse la vida que es su trabajo y, por el otro, no encuentran respuesta en un estado que no tiene en cuenta al empobrecido.
En este escenario, y más allá de lo económico ya expuesto, lo que surge es el profundo resentimiento del empobrecido por ver al pobre recibir ayudas sociales mientras que él siente que queda a la buena de dios. Salvo los sectores de riesgo mencionados, es muy posible que el empobrecido salga adelante cuando cambia el modelo económico, y desde allí escucharemos la famosísima frase “a mí nadie me regaló nada”.
Este odio interclasista y este desconocimiento absoluto de las distintas pobrezas, el abandono del estado a los empobrecidos y el hecho de que puedan salir a flote cuando la economía comienza a recuperarse, ayudan a fijar la idea de que los que continúan en la pobreza, “son pobres porque quieren”.
Conocer a los pobres es la única forma de comprender la pobreza, no para aceptarla sino para erradicarla de una puta vez».
Por Mayra Arena


