Seigo Yuzuki, de ojos delineados y ambiciosos bajo dos cejas depiladas, es un ave nocturna y ahora mismo, en la mesa de un bar ruidoso, sirve más shochu y entretiene a dos clientas contándoles lo mucho que le gusta tomar y cómo hace para no sufrir la resaca. Se los cuenta de un modo interesante y entretenido. Su trabajo es conversar con mujeres.
Las dos mujeres (una veinteñera que trabaja en una veterinaria y una amiga que ella ha traído) se ríen de un modo entusiasta, aniñado y admirativo. Lo que Yuzuki hace es trabajar de «host» y el bar en el que habla, y donde hay otros 25 hosts a los que las mujeres también les pagan por charlar un rato, se llama «host-club». Este host-club en el que ahora Yuzuki conversa, Goldman Club, es parte de una corporación que administra otros 30 sitios iguales.
Los host-clubs japoneses (y su versión atendida por chicas: hostess-clubs) han indexado el precio de ese placer: cuando una clienta llega por primera vez, paga 3.000 yens (unos 26 dólares). Para la segunda vez, se le pide un poco menos: 1.700 yens. Aparte de eso, paga por el servicio, por la cita, por el host favorito, por la mesa y por al menos una consumición. Es una diversión para mujeres que tienen dinero y trabajan. No es barata.
Comentarios
comentarios