Las discusiones entre parejas son excesivamente normales, pero cuando existen hijos de por medio hay que detenerse a pensar cómo manejarlas, porque pudieran tener una repercusión negativa en su salud física y mental.
Cuando los padres discuten cordialmente el niño se ve poco o nada afectado. Sin embargo, cuando el ambiente se torna agresivo y hay gritos o padres que no se dirigen la palabra, todo cambia; así lo han demostrado algunos estudios científicos.
Un artículo publicado por el profesor Gordon Harold en conjunto con la académica Ruth Sellers en el Diario de psicología infantil y psiquiatría defiende esta tesis.
La mayoría de los resultados concuerdan en que los menores que son expuestos al conflicto experimentan aumento en la frecuencia cardíaca e incluso pueden llegar a tener desequilibrios hormonales a causa del estrés. Esto puede comenzar a ocurrir a edades muy tempranas, hasta en niños de tan solo seis meses.
Otros efectos más severos son el riesgo de padecer retrasos en el desarrollo del cerebro, ansiedad, problemas de comportamiento, insomnio y depresión. Aun cuando los niños sean espectadores de peleas menos intensas, pero por periodos más prolongados, pueden presentar los mismos trastornos.
Por otro lado, según el investigador, hay una notable diferencia en cómo viven las disputas los niños y las niñas. En un artículo publicado en la revista de psicología El desarrollo del niño, Harold comentó que los varones tienen a manifestar problemas en su comportamiento, mientras que las niñas tienen experimentan mayores implicaciones emocionales.
Por otro lado, el divorcio o separación de los padres es uno de los peores escenarios desde el punto de vista de un niño, aseguró el académico. Pero Harold concuerda con Mervyn Murch, un colega, en que son las discusiones, más que la separación en sí, lo que afecta en mayor proporción a los pequeños. Esta aseveración quedó acotada en la publicación El niño y la ley familiar.
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