Susana Chiramberro, una mujer de Mar del Plata, es una de las tantas madres que tienen que ver a un hijo atravesar el flagelo de la dependencia de las drogas. Paula Cipriano, su hija, tiene hoy 30 años y su adicción a los estupefacientes se desbordó tanto que su madre tuvo que atarla a la cama para que no saliera en pos de sus proveedores. No obstante, la joven logró escapar de su casa.
Resignada, Susana especuló sobre el paradero de su hija: «Se habrá ido a las villas a donde va a comprar droga y en unos días volverá». Y luego agregó: «La anteúltima vez que volvió, estaba como loca queriendo pegarle a la gente. Otras veces las tenemos que entrar porque la encuentran tirada por ahí».
Paula comenzó a consumir drogas duras cuando tenía poco más de 20 años, época en la que se hizo adicta a la cocaína. No obstante, en el último tiempo la situación empeoró cuando la joven comenzó a fumarla. Luego de siete meses sin consumir, tras acercarse a una iglesia Evangélica, Paula volvió a recaer en su adicción.
«Yo no sé qué más hacer. Ella tiene dos hijos, uno de 13 años y otro de 3, y nosotros los queremos preservar», sostiene Susana, quien espera la ayuda de alguien para poder internar a Paula ya que, de acuerdo a las exigencias de la nueva legislación de salud mental, hay más requisitos que antes para que la justicia intervenga y ordene una internación compulsiva.